El pasado viernes, Olivia Wald vivió una noche consagratoria en el Teatro Vorterix con entradas agotadas y un público que acompañó cada canción con emoción y euforia. Primera vez en ese escenario, primer disco encima, y el Premio Gardel a Mejor Nuevo Artista llegado meses antes como señal de que lo que estaba construyendo tenía peso real antes de que el Vorterix lo confirmara en vivo.
El concepto del show — “De tanto caer me elevo” — no es una frase de marketing sino la descripción literal del arco narrativo de Cuerpo: un disco que trabaja la caída, el proceso y la reconstrucción sin el filtro de optimismo fácil que el pop de autoayuda tiende a imponer. Que ese concepto haya estructurado también la noche del 19 de septiembre le dio al show una coherencia que va más allá del setlist.
Durante más de una hora, Olivia ofreció un viaje musical que transitó desde lo íntimo hasta lo expansivo. Su repertorio incluyó temas como “En la cara”, “Pulso” y “Corazón”, coreados por una audiencia entregada. Que el público haya coreado canciones de un disco debut es el indicador más honesto de que Cuerpo no llegó al Vorterix como novedad sino como material que ya tenía vida propia en la escucha cotidiana de quienes estaban en la sala.
Olivia Wald fusiona géneros como soft rock, soul, trap y R&B, con una identidad artística que habla sin filtro de salud mental, vínculos, toxicidad y resiliencia. Esa descripción podría aplicar a varios artistas de su generación, pero en el caso de Wald tiene una especificidad que sus canciones sostienen: no habla de esos temas desde la distancia segura de la metáfora sino desde la exposición directa. Cuerpo como título es literal — es el cuerpo como territorio donde todo eso ocurre.
La noche estuvo marcada por la presencia de artistas invitados: Chule y Martu se sumaron en “Paladar”, Cardellino acompañó en “100 mil metros”, Jaz subió al escenario para “Que alguien me saque de este mood”, y Sofía Mora compartió una emotiva versión de “Corazón”.
Cinco colaboraciones en un show de debut no es un exceso si cada una tiene razón de estar. En este caso la tienen: son artistas de la misma generación y la misma escena, y su presencia no fue la de los invitados que aparecen para sumar nombre sino la de músicos que conocen el material porque estuvieron cerca de su proceso.
Uno de los momentos más celebrados fue la aparición de Kendall Peña en “Vacío emocional”, que convirtió el Vorterix en una verdadera fiesta colectiva. El salto de temperatura que generó esa aparición — de la emoción íntima a la explosión colectiva — fue el momento donde el show encontró su forma definitiva: no solo catarsis sino también celebración. Las dos cosas juntas son más difíciles de lograr que cualquiera de las dos por separado.
“Este show fue una catarsis colectiva. Me emociona ver cómo cada persona se conecta con lo que canto”, expresó Olivia frente a un público conmovido. La frase es exacta y no es retórica: lo que Wald hace en sus canciones — nombrar lo que duele sin romantizarlo — genera ese tipo de respuesta porque el público que la escucha reconoce en la letra algo que no encontró articulado en otro lado. Eso no se planifica; se construye con honestidad sostenida.
El Vorterix lleno fue el primer show de esa escala en su carrera. El Premio Gardel, el disco en Universal Music México, y 1.2 millones de oyentes mensuales en Spotify antes de ese show indican que la dirección ya estaba clara. La noche en Colegiales lo confirmó con 1.500 personas cantando cada palabra.
















