Anitta vuelve a casa y trae un álbum que se sostiene sin Shakira

EQUILIBRIVM es el disco más ambicioso de Anitta, y la colaboración más esperada es también la que menos convence.

Anitta lleva años siendo la figura más hábil del pop brasileiro en el mercado global, pero esa habilidad tuvo un costo: los últimos años de su carrera estuvieron marcados por una internacionalización tan calculada que la música empezó a sonar de afuera hacia adentro. EQUILIBRIVM es la corrección de ese rumbo. Grabado principalmente en su estudio de Río de Janeiro, el álbum tiene una estructura dual: un primer acto en portugués construido sobre géneros brasileños —samba, axé, funk, reggae— y un segundo orientado al mercado internacional en inglés y español. La decisión de empezar por casa no es solo biográfica; es sonora.

El arranque del disco dice mucho sobre las intenciones del proyecto. “Desgraça” abre con un choro de aire cuarenta, una referencia directa a Carmen Miranda, antes de virar hacia la energía de Pombagira, figura central de la Umbanda. El giro no es cosmético: la percusión cambia de textura, la voz de Anitta también, y la canción se convierte en algo que no suena a estrategia de mercado sino a decisión musical con historia detrás. Algo parecido pasa en “Mandinga” junto a Marina Sena, que usa un sample de “Canto de Ossanha” para armar una primera mitad hipnótica y deja que Sena rompa ese estado en la segunda parte. La idea de que dos secciones de una misma canción puedan tener intenciones opuestas no es nueva, pero aquí está ejecutada con una lógica interna que se siente ganada.

“Ternura” y “Casos de Amor” bajan la intensidad sin perder foco. La primera, construida alrededor de un hang pan, tiene una delicadeza que Anitta rara vez se permite mostrar en formatos masivos; la segunda, con el trío Os Garotin, funciona como un descanso que el álbum necesita antes de la recta final. Luedji Luna aparece en “Bemba” y le aporta al disco una dimensión que excede el pop: es la voz que recuerda que esto no es solo estética afrobrasileña sino política cultural en ejercicio. La presencia de Rincon Sapiência y King Saints en “Nanã”, construido sobre un sample de Os Tincoãs, refuerza esa línea.

El punto débil del álbum, paradójicamente, es su colaboración más publicitada. “Choka Choka” con Shakira, que bebe del funk carioca, resulta repetitiva pese a durar apenas dos minutos, con versos y estribillos que no presentan demasiadas variaciones en letra ni melodía. La letra describe a una mujer que no se comporta y a la que no le importa lo que digan — un cliché que el tema no logra subvertir ni sostener. El concepto visual —una referencia al Quarup, ritual ancestral indígena— es más interesante que la canción misma, lo cual no es exactamente un elogio. Shakira hace lo que puede con el material, pero el problema no es la convocatoria sino lo que se le da para cantar.

EQUILIBRIVM cierra con “Ouro”, que funciona efectivamente como mantra de cierre: sin estridencias, sin gestos heroicos, dejando al álbum terminar donde empezó, en un centro de gravedad que este disco, con sus irregularidades incluidas, logra sostener. Los números de estreno —nueve de sus quince canciones en el top 50 brasileño simultáneamente— confirman que el regreso a casa no fue solo simbólico. Pero lo más relevante de EQUILIBRIVM no es eso sino que, por primera vez en mucho tiempo, Anitta hace un disco donde las canciones justifican el concepto en lugar de decorarlo.