No me olvides, lanzado en julio de 2025, es el primer álbum solista de una artista que lleva años conocida en Argentina por su trabajo actoral y por ser parte de una familia donde la música siempre estuvo presente: hija de Gloria Carrá, sobrina de Diego Torres, nieta de Lolita Torres. Fue por su abuela que Ángela decidió usar el apellido Torres como nombre artístico, ya que fue esa influencia la que la motivó a estudiar teatro y circo desde los ocho años. El árbol genealógico importa como contexto pero también como peso: hay una expectativa de linaje que el disco tiene que cargar o sacarse de encima.
No me olvides elige lo segundo. A través de once canciones sin colaboraciones, Torres aborda temas como las relaciones tóxicas, la vulnerabilidad y la exposición que conlleva estar bajo la mirada pública. La decisión de no incluir featuring en un debut — cuando la tentación de aparecer junto a un nombre conocido para facilitar el lanzamiento es enorme — es una apuesta de identidad antes que de marketing. La producción de Fermín Ugarte, conocido por su trabajo con Dillom y Bandalos Chinos, despliega una paleta que fusiona pop, electrónica y baladas experimentales, construyendo un universo donde el sonido no es decorado sino parte del argumento.
El show se enmarcó en el Ciclo MAREA, el espacio de mujeres y disidencias de la música y el audiovisual de la Zitarrosa que en 2025 cumplió su quinta edición. Que Torres haya sido convocada para ese ciclo no es un dato administrativo: MAREA tiene un historial de programación que privilegia artistas con algo concreto para decir por encima de artistas con muchos seguidores. Las dos cosas no se excluyen, pero tampoco se garantizan mutuamente.
El disco tiene sus propias contradicciones internas que lo hacen interesante. Canciones como “Oops!”, “No me olvides” y “Favorita” abrazan el pop con energía luminosa aunque sus letras revelan una oscuridad latente, mientras que “PLACARD”, “LUZ ROJA” y “Superhéroe” se sumergen en la melancolía y la fragilidad emocional. Esa tensión entre la forma brillante y el contenido oscuro es la más honesta que puede tener un disco de pop: el envoltorio atractivo que deja entrar algo que duele.
Antes de llegar a Montevideo, Torres había agotado tres funciones en Buenos Aires con el No Me Olvides Tour. Eso le da perspectiva a la noche del 27 de noviembre: una artista que viene de confirmar convocatoria en su propia ciudad eligió no trasladar esa escala a Montevideo, sino ajustar el formato al espacio que la Zitarrosa ofrece. Hay una diferencia cualitativa entre llenar un teatro grande porque podés y elegir una sala íntima porque querés que el disco se escuche de cerca.
La Zitarrosa tiene esa capacidad — la de forzar una atención que los espacios grandes dispersan. Cuando una artista presenta un disco de once canciones sin colaboraciones, sin las muletas del featuring y sin la red de seguridad de un sonido ya conocido, necesita una sala que no perdone pero que tampoco aplaste. Quinientas treinta y una butacas en silencio es exactamente eso.
No me olvides sonó en Montevideo por primera vez en ese contexto. La flor azul que da nombre al disco — símbolo de memoria y sensibilidad, y también segundo nombre de la artista, Ángela Azul — encontró en la Zitarrosa un espacio donde esa carga simbólica tenía dónde desplegarse sin quedar chica ni perderse en el volumen.
















