Des Moines, Iowa, 20 de enero de 1982. Un adolescente saca un murciélago muerto del freezer, lo mete en una bolsa y lo lleva al recital. Lo que pasó después definió cuarenta años de mitología del heavy metal.
Mark Neal tenía diecisiete años y había ganado las entradas en un concurso de radio. Semanas antes del show, su hermano menor había encontrado un murciélago muerto en el patio de una escuela primaria de Des Moines. Carmen Martin-Kelly, amiga de Mark, tuvo la idea: guardarlo en el freezer y llevarlo al concierto de Ozzy Osbourne. “Se lo contamos a todo el mundo antes de ir,” recordó Martin-Kelly años después. “Íbamos a meterlo como fuera y tirarlo al escenario.” Lo metieron. Lo tiraron. Y Ozzy Osbourne, Príncipe de las Tinieblas, ex vocalista de Black Sabbath, hombre que había construido una carrera entera sobre el exceso y la provocación, lo agarró del suelo convencido de que era un murciélago de goma y le arrancó la cabeza de un mordisco.
Lo que sintió en ese momento quedó documentado en su autobiografía I Am Ozzy, publicada en 2010: “Mi boca se llenó instantáneamente de un líquido tibio y viscoso, con el peor sabor que puedas imaginar. Lo sentí manchándome los dientes y corriéndome por el mentón.” A su izquierda, Sharon Osbourne — su esposa y manager — hacía gestos desesperados. Ozzy tardó unos segundos en entender. El murciélago era real. Y estaba muerto desde hacía dos semanas.
Lo que siguió fue menos glamoroso que la leyenda: una visita al hospital esa misma noche, y tres semanas de inyecciones antirrábia. “Cada noche del resto de la gira tenía que encontrar un médico y ponerme más inyecciones: una en cada nalga, una en cada muslo, una en cada brazo”, escribió. “Cada una dolía como el demonio.” El murciélago de Neal había convertido al hombre que tiraba carne cruda al público en el paciente más famoso de Iowa.
La historia tiene todos los elementos del mito fundacional del heavy metal — el exceso, el asco, la sangre, la bestia — pero lo que la hace realmente interesante es lo que revela sobre cómo funciona la economía de la provocación cuando escala. Ozzy no mordió ese murciélago porque quisiera. Lo mordió porque su show había creado las condiciones perfectas para que alguien se lo tirara. La gira Diary of a Madman incluía un enano personal llamado John Edward Allen que colgaban ceremonialmente en el escenario cada noche y que tiraba carne cruda al público. El público respondía con sus propias ofrendas: intestinos de cerdo, serpientes vivas, ranas, testículos de oveja. “Con cada show se ponía más loco”, escribió Ozzy. Alguien terminó tirando cosas con clavos y hojas de afeitar incrustadas. En ese contexto, un murciélago era casi un gesto de ternura.
El problema — y también la lógica — de la economía de la provocación es que no tiene techo conocido. Cada vez que un artista establece un nuevo límite, el límite se vuelve el piso para el siguiente show. Ozzy lo entendió tarde y con el cuerpo: había creado un público que lo desafiaba a ser más perturbador que él mismo, y que estaba dispuesto a participar activamente en el proceso. Mark Neal no fue un accidente. Fue la consecuencia lógica de meses de escalada mutua entre un artista y su audiencia, un experimento de retroalimentación que terminó con un murciélago muerto saliendo del freezer de una casa de Des Moines.
Lo que la leyenda borra, como siempre, es el contexto que la hace posible. La versión popular de la historia necesita que Ozzy sea un demente que muerde murciélagos por elección propia — la versión que llegó a los titulares, a los late nights, a décadas de entrevistas en las que Ozzy repetía la historia con resignación creciente. La versión real es más interesante: un músico que había construido un personaje tan convincente que su propio público empezó a completarlo por él, que cruzó un límite que no había elegido cruzar, y que después pasó semanas pagando literalmente por eso, con inyecciones en cada nalga.
Hay un detalle menor que ninguna versión de la historia suele mencionar: semanas después de Des Moines, el 19 de marzo de 1982, el guitarrista Randy Rhoads murió en un accidente de avión durante la misma gira. Tenía 25 años. El murciélago, que había dominado las noticias por semanas, quedó de repente en perspectiva. Ozzy canceló las fechas restantes. Lo que había empezado como teatro del absurdo terminó siendo una de las temporadas más oscuras de su vida.
Sharon Osbourne, siempre un paso adelante en la gestión de la narrativa, convirtió el murciélago en marca. Merchandise, referencias en películas, un peluche con cabeza desmontable. La iconografía del Príncipe de las Tinieblas quedó sellada para siempre con la imagen de un hombre mordiéndole la cabeza a un animal que ni siquiera sabía que era real. Es posiblemente el accidente mejor administrado de la historia del rock.
Ozzy Osbourne murió el 22 de julio de 2025, a los 76 años. Todos los obituarios mencionaron el murciélago. Él había pasado cuatro décadas harto de que se lo preguntaran en cada entrevista, y cuatro décadas vendiéndolo en su tienda oficial. Esa contradicción — el horror genuino convertido en producto, el accidente convertido en identidad — es probablemente la síntesis más honesta de lo que fue su carrera entera. “Llegó al punto en que la gente esperaba que hiciera cosas cada vez más locas”, dijo una vez. El problema de ser el Príncipe de las Tinieblas es que el título no tiene jubilación.











