Lollapalooza Argentina 2026 – Crónica del Día 2

A media tarde el Hipódromo de San Isidro ya tiene ese olor inconfundible de festival en marcha: cerveza derramada que se mezcla con pasto recién pisoteado, protector solar venciendo contra el calor de marzo y una nube de polvo que cada tanto levanta el viento cuando pasa una oleada de gente rumbo a otro escenario. Desde lejos se escucha el golpe seco de un bombo electrónico que llega desde Perry’s Stage. No es todavía la noche, pero el predio ya está completamente despierto.

Los festivales tienen un instante preciso en el que dejan de ser una programación y se convierten en una ciudad paralela. El sábado de Lollapalooza Argentina 2026 encontró ese punto temprano: adolescentes con pelucas rosas para ver a Addison Rae conviven con fanáticos del trap esperando a Paulo Londra, parejas de treintañeros que vinieron por Lewis Capaldi y ravers con anteojos futuristas que planean pasar la noche en Perry’s Stage.

Si el primer día había servido para calibrar el pulso del festival, el segundo terminó de confirmar algo: esta edición funciona como un mapa bastante fiel del pop global contemporáneo. Una cartografía donde conviven el folklore argentino, el hyperpop, el trap introspectivo, el K-pop coreografiado y el dubstep que alguna vez dominó la década pasada.

Y, por momentos, todo eso ocurre al mismo tiempo.

Lollapalooza Argentina 2026

El predio empieza a calentarse con sets tempranos que funcionan como motores de arranque. En Perry’s Stage, Paula OS lanza beats urbanos que hacen mover a los primeros grupos que llegaron cuando el sol todavía pega fuerte. Un poco más allá, Tobika mezcla sonidos urbanos con raíces folclóricas en el Samsung Stage, un cruce que resume bien el espíritu del festival: tradición reinterpretada con estética contemporánea.

Pero el primer momento de verdadera combustión colectiva llega cerca de las seis de la tarde.

Tres escenarios ofrecen, simultáneamente, tres versiones muy distintas de la energía femenina en la música actual.

En el Samsung Stage aparece Soledad, y el contraste con el resto del cartel podría haber resultado extraño si no fuera porque la artista domina ese tipo de situaciones con absoluta naturalidad. Más de treinta años de carrera se notan en cómo maneja el escenario: apenas empieza el set y el público ya está girando remeras y camperas en el aire como improvisados ponchos.

No es folklore domesticado para festivales indie. Es folklore directo, musculoso, pensado para espacios abiertos. El bombo legüero resuena con una profundidad que se siente en el pecho y, durante algunos minutos, el predio parece una fiesta popular trasladada a un contexto completamente distinto.

A pocos metros de ahí, el universo cambia por completo.

En Perry’s Stage, Six Sex convierte el espacio en una pista de baile inmediata. Francisca Cuello domina el escenario con una mezcla de irreverencia club y actitud pop que recuerda más a las noches de discoteca que a los festivales de guitarras. Cuando suenan Ultra Terrorific Fantasy y SEX DEALER, la masa frente al escenario se transforma en una coreografía improvisada de brazos en alto, teléfonos grabando y cuerpos moviéndose al ritmo de un beat que no da respiro.

El cierre con AREA 69 es casi una pequeña rave diurna.

Y entre esos dos mundos, el festival respira.

Al caer la tarde el predio empieza a densificarse. Los caminos entre escenarios se vuelven ríos humanos que avanzan en distintas direcciones. A las siete, una parte importante de ese río desemboca frente al Flow Stage.

El regreso de Paulo Londra a Lollapalooza no es solo un show más del line-up: es una especie de reencuentro colectivo después de años de silencio, disputas legales y reinvención artística.

El set abre con material de su nueva etapa (marcada por el EP VERSUS) donde el artista explora un tono más introspectivo. La voz suena más segura que en sus primeras giras; menos frágil, más asentada sobre la base rítmica.

Lollapalooza Argentina 2026

Pero el momento en que el concierto realmente se enciende llega cuando aparecen los clásicos.

Adán y Eva transforma el predio en un coro multitudinario. No hay necesidad de cantar demasiado: el público se encarga del estribillo completo, como si fuera un karaoke masivo al aire libre.

Londra observa la escena con una sonrisa que mezcla orgullo y algo de incredulidad.

Sobre el final llegan las sorpresas. Primero aparece Maria Becerra para Ramen para dos, y la reacción del público es inmediata: miles de celulares en alto y una ola de gritos que recorre el predio. Después, el dúo repite la fórmula con Cuando te besé.

Es un final efectivo, quizás demasiado seguro. El set evita riesgos grandes, pero funciona como lo que es: una confirmación de vínculo. Londra sigue teniendo una conexión emocional difícil de replicar dentro del pop urbano argentino.

Lollapalooza Argentina 2026

Dos mundos pop: Addison Rae y Lewis Capaldi

La noche entra en su segunda fase con un contraste curioso entre dos tipos de estrella pop.

En el Flow Stage, Addison Rae demuestra que su transición desde TikTok al pop mainstream ya no necesita explicaciones. El show está diseñado como un espectáculo de pop coreografiado clásico: bailarines, cambios de vestuario rápidos, visuales saturadas de color.

Abre con Fame Is A Gun, y desde el primer minuto queda claro que la artista entiende perfectamente el lenguaje del escenario grande. Cada gesto está calculado, cada coreografía sincronizada.

Pero lo que realmente llama la atención es el público.

Decenas (quizás cientos) de fans llevan pelucas rosas como la de la cantante. Desde el escenario, Rae observa la escena y confiesa que parece un sueño antes de lanzar Summer Forever. El momento podría haber caído en la autoparodia, pero la artista lo sostiene con carisma suficiente.

Cuando suena Diet Pepsi, la canción que terminó de consolidarla en el circuito pop, el Flow Stage es básicamente una fiesta adolescente con producción de estadio.

Mientras tanto, en el Samsung Stage ocurre algo completamente distinto.

Lewis Capaldi aparece solo frente al micrófono, guitarra en mano, y en segundos transforma el ambiente en un espacio íntimo dentro de un festival gigante.

Capaldi tiene esa rara combinación de humor autodestructivo y vulnerabilidad emocional que desarma cualquier distancia con el público. Entre canciones bromea, improvisa comentarios y se ríe de sí mismo. Pero cuando empieza a cantar, el tono cambia.

Before You Go suena con una potencia emocional que pocas voces pop contemporáneas pueden sostener en vivo. La mezcla del escenario ayuda: la voz se escucha limpia, sin excesos de reverberación, flotando por encima de los teclados y la guitarra acústica.

El punto culminante llega con Someone You Loved. Miles de personas cantan cada palabra como si estuvieran descargando algo acumulado.

No es un show espectacular en términos visuales, pero sí uno de los más emocionalmente efectivos del día.

El fenómeno Chappell Roan

Si la tarde había sido diversa, la noche encuentra su punto de euforia con Chappell Roan.

Su debut en Argentina ocurre frente a un Flow Stage completamente colmado. Desde el primer vistazo queda claro que el espectáculo está diseñado como un universo estético completo: trajes de fantasía, maquillaje teatral, visuales saturadas de color neón.

Roan aparece como una figura salida de un cabaret futurista.

La teatralidad funciona porque las canciones la sostienen. Cuando suenan Red Wine Supernova y Hot to Go! el público responde con una intensidad que confirma algo: el fenómeno Chappell Roan ya no es solo hype digital.

Es un culto pop real.

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El momento más potente llega con Pink Pony Club. Las primeras notas bastan para que miles de fans levanten los brazos. El estribillo (una celebración queer disfrazada de himno pop) se convierte en uno de los momentos más catárticos de todo el día.

En términos de presencia escénica, Roan domina el escenario con una seguridad sorprendente para una artista que todavía está consolidando su carrera en festivales grandes.

No todo es perfecto: por momentos la mezcla sonora se vuelve demasiado cargada en los graves, lo que aplasta algunos detalles vocales. Pero la energía del show compensa cualquier imperfección técnica.

Es, sin dudas, uno de los momentos más memorables de la jornada.

El lado oscuro del club: Brutalismus 3000

Mientras el pop domina los escenarios principales, el Perry’s Stage se convierte en un portal hacia otra dimensión.

El dúo berlinés Brutalismus 3000 transforma el espacio en algo más cercano a un club industrial que a un escenario de festival. Su mezcla de techno, gabber y estética rave golpea con una intensidad física.

No hay concesiones al formato festivalero.

Las bases son duras, rápidas, casi abrasivas. Las luces estroboscópicas cortan el aire y la multitud responde con un tipo de baile más cercano al trance que al pogo.

Es un recordatorio de que Lollapalooza, a pesar de su dimensión masiva, todavía deja espacio para propuestas que no buscan agradar a todos.

Cerca de la medianoche llega el cierre. Skrillex aparece en el Flow Stage y, durante unos segundos, el predio entero parece contener la respiración.

Su figura es curiosa dentro de la historia reciente de la electrónica: un productor que ayudó a definir el sonido de una década (el dubstep explosivo de los 2010) y que desde entonces ha mutado constantemente.

El set refleja esa evolución. Hay nostalgia cuando suenan Bangarang y Scary Monsters and Nice Sprites, y el público responde con un entusiasmo casi arqueológico. Pero el show no se queda en el pasado. Skrillex mezcla esos clásicos con producciones más recientes que incorporan house, bass music global y texturas más complejas.

Visualmente, el escenario es una descarga de estímulos: pantallas gigantes, ráfagas de luz blanca, drops sincronizados con explosiones de color.

El momento más potente llega cuando el productor encadena varios drops consecutivos sin dejar respirar a la pista. Miles de personas saltan al mismo tiempo y el suelo parece vibrar bajo los pies.

Cuando el último beat se disuelve en la noche, el Hipódromo no se vacía de inmediato. La gente camina lentamente hacia la salida, todavía con la adrenalina del cierre en el cuerpo.

Algunos se pierden en El Túnel, el espacio inmersivo dedicado a la electrónica más under, donde DJs locales siguen haciendo girar la noche entre luces industriales y paredes metálicas. Otros pasan por las Casitas, pequeñas pistas donde la música continúa como un eco del festival principal.

El Lollapalooza, en realidad, no termina de golpe. Se diluye.