El Hipódromo de San Isidro tiene esa cualidad rara de los espacios que mutan por completo cuando llega marzo. A media mañana todavía conserva algo de su vida habitual (el pasto impecable, el silencio largo de las pistas) pero cerca del mediodía empieza la transformación. Las primeras filas de pulseras fluorescentes aparecen en los accesos, las mochilas cargadas de agua y protector solar se multiplican, y en cuestión de horas el lugar deja de ser un predio ecuestre para convertirse en una ciudad efímera donde conviven glitter, remeras vintage de rock y botas que ya saben que van a terminar embarradas.
La undécima edición de Lollapalooza Argentina abre así su primer capítulo del fin de semana. Los cinco escenarios se van encendiendo como faros dispersos en el predio, cada uno con su propio microclima sonoro. A lo lejos se oye el primer golpe de bombo del día; cerca del acceso, alguien discute si llegar a tiempo a Royel Otis o quedarse esperando por Tyler más tarde. Es ese caos organizado que ya forma parte del ADN del festival: un mapa de rutas musicales simultáneas donde cada decisión implica perderse algo.
El primer pulso: artistas emergentes y el ritual de arrancar
Los primeros acordes de la jornada llegan desde distintos puntos del predio casi al mismo tiempo. En el Samsung Stage, Mora Fisz presenta canciones de Sinestesia, un debut que todavía está encontrando su lugar en el radar del público masivo. Su single “Ruleta” funciona como carta de presentación: un pop introspectivo, de texturas suaves, que contrasta con el bullicio del predio todavía en expansión. El público de la primera hora (mitad curiosos, mitad seguidores tempranos) escucha con una atención que rara vez se repite en los sets nocturnos.
A pocos metros, en el Perry’s Stage, Jero Jones se mueve en otro registro: guitarras con nostalgia noventera, pero pulidas por una sensibilidad contemporánea que evita el revival fácil. Su show tiene algo de laboratorio abierto; se siente la energía de una carrera que recién empieza a tomar forma.
Mientras tanto, el Flow Stage recibe el groove de Tiger Mood, y en el Alternative Stage los mendocinos Spaghetti Western se encargan de romper el hielo con una mezcla que parece diseñada para festivales: soul, funk, jazz y rock conviviendo en una jam precisa, con músicos que claramente disfrutan la amplitud del escenario.
Es el tipo de arranque que define bien la lógica del Lollapalooza: artistas todavía en proceso de consolidación enfrentándose a audiencias dispersas que van llegando, cerveza en mano, con la mente abierta a descubrir algo nuevo.
El festival empieza a respirar
A medida que la tarde avanza, el predio se vuelve más denso. Las caminatas entre escenarios se alargan; cada cruce de caminos parece una coreografía improvisada de miles de personas buscando su próximo destino musical.
En el Samsung Stage, Guitarricadelafuente demuestra por qué se ha convertido en una de las voces más singulares de la nueva canción española. Su set tiene una intimidad inesperada para un escenario de festival. Hay algo casi teatral en su forma de cantar: gestos mínimos, silencios que se sostienen más de lo habitual, y una voz que parece estar siempre al borde de quebrarse sin hacerlo. Canciones folk que, en otro contexto, sonarían frágiles, aquí adquieren una dimensión distinta gracias al respeto casi reverencial del público.
En paralelo, Militantes del Clímax toman el Alternative Stage y cambian completamente la temperatura del predio. Si el show anterior era contemplativo, el suyo es una explosión de energía instrumental. Más de quince años de trayectoria se notan en la precisión de la banda: vientos afilados, groove contundente, una maquinaria que funciona con la seguridad de quienes llevan años tocando juntos.
Del otro lado del predio, Judeline aparece en el Flow Stage con una recepción que ya anticipaba su sideshow de días atrás. La joven artista española navega entre electrónica, R&B y pop urbano con una soltura notable. Cuando suenan “Heavenly” y “mangata”, el público corea cada palabra con esa intensidad que solo ocurre cuando una artista logra capturar un momento cultural específico.
A las cinco de la tarde, el festival ya está completamente en marcha.
El Samsung Stage recibe a Royel Otis, la banda australiana que en los últimos años se ha ganado un lugar en el circuito indie global. Su sonido (guitarras brillantes, melodías pegadizas) encuentra un aliado natural en el público argentino, que responde con coros espontáneos. Hay algo particularmente efectivo en la forma en que sus canciones se expanden en vivo: lo que en disco puede sonar pulido, en el escenario gana una rugosidad agradable.
Mientras tanto, Little Boogie se apodera del Alternative Stage con un set cargado de groove. No es la propuesta más ruidosa del festival, pero sí una de las más bailables. Su show confirma algo que se viene percibiendo en la escena local: una nueva generación de bandas que entiende el funk y el soul no como nostalgia sino como herramientas contemporáneas.
El turno de Zell en el Flow Stage marca un giro hacia lo urbano. Su mezcla de trap con guiños electrónicos conecta rápido con el público, y el momento de “tan fría” (ya viral en redes) se convierte en uno de los primeros coros multitudinarios de la jornada.
La tarde sigue sumando capas. Balu Brigada, desde Nueva Zelanda, aporta un indie rock que respira influencias de los 2000 (ecos de The Strokes o Cage The Elephant) pero con producción moderna y bailable. Y cuando DJO, el proyecto musical de Joe Keery (sí, el actor de Stranger Things), aparece en el Samsung Stage, el predio se llena de psicodelia suave y sintetizadores retro.
Cuando cae la noche
El atardecer en el Hipódromo tiene una cualidad cinematográfica: el cielo naranja sobre el pasto y las primeras luces del escenario dibujando siluetas sobre la multitud.
La girl band Katseye aprovecha ese momento en el Samsung Stage con un show coreografiado al milímetro. Pop contemporáneo, visuales impactantes y una precisión que demuestra cuánto ha evolucionado la lógica del pop global en vivo.
En el Alternative Stage, Danny Ocean ofrece un set que confirma su capacidad para construir himnos transnacionales. Cuando suena “Me Rehúso”, el predio entero parece transformarse en karaoke colectivo.
Mientras tanto, el Perry’s Stage empieza a consolidar su identidad electrónica con Gordo, cuyo set lleva la pista a un estado de euforia sostenida.
Si hay un momento donde la energía del festival cambia de forma abrupta, es cuando Turnstile toma el Flow Stage.
Desde el primer acorde, el show se siente como una descarga física. El hardcore de la banda (mezcla de punk abrasivo y momentos melódicos) encuentra un público dispuesto a responder con la misma intensidad. El pit se abre como un torbellino humano; cuerpos saltando, brazos levantados, una coreografía caótica que parece seguir el ritmo del bombo.
Las canciones de su nuevo álbum Never Enough (2025) funcionan particularmente bien en vivo. Hay algo en la forma en que Turnstile construye sus canciones (cambios de dinámica abruptos, riffs explosivos) que se amplifica en un escenario de festival.
El sonido, además, sorprende por su claridad. No es menor: el hardcore suele sufrir en espacios abiertos, pero aquí cada golpe de batería y cada riff llegan con una potencia que se siente en el pecho.
Es uno de esos sets que recuerdan por qué los festivales necesitan momentos de pura intensidad.
Mientras Turnstile sacude un extremo del predio, un mar de gente se reúne frente al Samsung Stage para recibir a Lorde.
La neozelandesa regresa a Argentina después de cuatro años, y su presencia tiene algo hipnótico. Su show recorre distintas etapas de su carrera, pero pone especial énfasis en Virgin (2025), su último álbum.
Canciones como “Current Affairs”, “If She Could See Me Now” y “Clearblue” revelan una artista cada vez más interesada en explorar matices emocionales dentro del pop. La producción visual es elegante, minimalista, dejando que la voz y la interpretación ocupen el centro de la escena.
Cuando aparecen clásicos como “Royals” o “Buzzcut Season”, la respuesta del público es inmediata. Es el tipo de momento donde se hace evidente el impacto cultural que Lorde tuvo desde su debut adolescente: canciones que ya forman parte del imaginario colectivo.
Pero el gran momento de la noche llega con Tyler, The Creator en el Flow Stage.
El rapero estadounidense llega en un punto de su carrera donde cada show parece una obra completa. Su gira actual (centrada en Chromakopia (2024) y Don’t Tap the Glass (2025)) combina hip hop, performance y visuales con una ambición casi cinematográfica.
Desde el primer minuto, el escenario se convierte en un universo propio. Tyler alterna entre momentos de caos controlado y pasajes introspectivos, demostrando por qué se ha convertido en una de las figuras más influyentes del hip hop contemporáneo.
Lo notable es cómo logra sostener la atención de una audiencia masiva incluso en los momentos más experimentales. No es solo un concierto; es una narrativa en movimiento.
La noche electrónica
Mientras Tyler domina uno de los extremos del predio, el Perry’s Stage sigue latiendo como el corazón electrónico del festival.
Primero llega el japonés ¥ØU$UK€ ¥UK1MAT$U, cuyo set es tan impredecible como su reputación sugiere: trance, gabber, house y noise mezclándose con una velocidad vertiginosa.
Luego aparece Peggy Gou, una de las DJs más influyentes de la escena global. Su cierre es elegante y festivo: house y techno perfectamente calibrados para mantener la pista en movimiento hasta las últimas horas.
Cerca de la medianoche, el Hipódromo empieza a vaciarse lentamente.
Los escenarios se apagan uno por uno, pero el predio todavía conserva algo del ruido del día: conversaciones excitadas, gente repasando los shows mientras camina hacia la salida, alguna canción filtrándose desde un parlante lejano.
La primera jornada del Lollapalooza deja claro que el festival sigue funcionando como un mapa musical del presente: guitarras, pop, rap y electrónica conviviendo en un mismo territorio.
Mañana, el predio volverá a transformarse.
Pero por ahora queda esa sensación de haber vivido muchas noches distintas dentro de una sola.












