Con su décimo disco recién salido, la puertorriqueña habló de VHS, de miedo escénico y de la canción que no podía escribir al principio porque no había vivido todavía lo suficiente para hacerlo.
Kany García acaba de publicar Puerta Abierta, su décimo álbum de estudio, y la pregunta que más le repiten — qué significa este disco para vos — la incomoda un poco, aunque no lo dice así. Lo que dice es que fue un proceso de dos años, que fue terapéutico, que hubo momentos difíciles. Eso podría describir cualquier álbum de cualquier artista. Lo que no puede describir a cualquiera es que, para hacerlo, tuvo que comprarse una reproductora de VHS.
“La menor de tres hijos es la que menos fotos tiene”, explica con una mezcla de humor y resignación. “Así que me tuve que chupar no sé cuántos álbumes para encontrarme. Me compré la reproductora para buscar videos míos de pequeña, de cómo era. O sea, me tomé muy en serio el proceso.”
Ese detalle — la reproductora, los álbumes de fotos en la casa de la madre, las visitas a Morovis para reconectar con su infancia campesina en Puerto Rico — dice más sobre Puerta Abierta que cualquier declaración de intenciones. El disco es formalmente ambicioso: once canciones que integran el seis chorreao, la plena, el merengue pambiche, la bachata, la cumbia y algo de folklore andino, con colaboraciones que van de Nathy Peluso a Juan Luis Guerra. Pero su centro es más simple y más difícil: Kany tratando de recordar a una niña que, según dice, había ido olvidando con el tiempo.
“Empecé a darme cuenta de que me había olvidado de quién era”, admite. “Una se cree que conoce bien su niño interior y la verdad es que uno mismo, ya sea por sobrevivir o por la vida misma, va olvidando memoria.”
El choque más concreto fue musical: cuando se sentó a convertir esa infancia campesina, de ríos y árboles frutales, en canciones que siguieran siendo reconociblemente suyas, no sabía cómo. “Yo tengo una receta de más o menos cómo es mi sonido. Entonces ver que tuve una vida muy campesina y estar bastante desconectada de esa niña… lo difícil fue entender cómo acerco esto a mi música de hoy.” La solución fue práctica: llamar a músicos que hacen música campesina, invitarlos al estudio, ver qué pasaba. El cuatro puertorriqueño de Fabiola Méndez en “La casita” o de Christian Nieves en el tema que da nombre al disco son el resultado audible de esas sesiones.
Sobre la colaboración con Nathy Peluso en “Gatita”, el origen es casi ridículamente concreto. “Iba en bicicleta a lo de un amigo, tenía que cruzar una avenida con mucho tráfico, y empecé a cantarme ese coro para darme seguridad. Esta gatita tiene fuego, tan chiquita y mete miedo. Crucé, llegué, saqué el celular y lo grabé.” Cuando la canción estuvo terminada, entendió que sola no funcionaba: necesitaba a alguien que le diera credibilidad a esa energía, alguien que de verdad metiera miedo. “Pensé en Naty porque es una mujer que ha roto muchos estereotipos, una argentina que vive en España, que hace salsa y tropical y es completamente irreverente. Mete miedo como dice la canción.” El resultado es bachata mezclada con merengue pambiche, un homenaje sonoro a República Dominicana que Kany siente como una deuda pendiente con esa comunidad.
La canción que cierra el disco, “A la niña que fui”, fue también la última en escribirse. Kany no elude la pregunta sobre por qué: “Era imposible escribirla al principio. Tenía que pasar todo el proceso para poder tener esa conversación.” La estructura de la canción es un diálogo: en la primera estrofa, ella le habla a su yo de niña — quiérete por esta vez, suelta la trenza y que el viento se haga cargo — y después le cede la palabra. “Yo me hago silencio y la dejo hablarme a mí. Y ella me destruye cuando me dice y entonces te disfraza con el traje de fuerte.”
Cuando la canción estuvo casi lista, sintió que le faltaba algo. Decidió llamar a las mujeres de su vida — su madre de 80 años, su hermana, esposas de músicos, amigas atravesando separaciones y enfermedades — y ponerles un micrófono. Ninguna es cantante. “Verlas asustarse cuando se oían, decir uy así se escucha mi voz, no me gusta, y yo diciéndoles que está todo bien. Eso le da a la canción una honestidad brutal que ningún coro de mujeres que cantan lindo te puede dar.”
Lo que Kany no dice explícitamente, pero que está en toda la conversación, es que Puerta Abierta es el primer disco que le hizo algo a ella mientras lo hacía. “La gente que me conoce bien me dice que me sienten distinta. Yo me sorprendo porque digo, ¿cómo que distinta? Y me dicen: te escucho con una tranquilidad diferente. Creo que es la primera vez que un álbum tiene un efecto personal en mi persona.”
En agosto llega a Uruguay — el 21, en la Arena — y a Argentina el 27. La gira tiene 82 fechas. Para el show lleva una puesta en escena que estuvo 20 días en ensayo. “Cada país tiene su historia conmigo”, dice. En Uruguay, esa historia empieza en dos trastiendas, pasa por el Teatro Solís, y ahora llega al Antel Arena. La ecuación tiene lógica propia. No la está apurando.













