El Parque Rodó no cede sin negociar. Su topografía irregular, las canteras que interrumpen cualquier lógica recta, los árboles filtrando cuerpos y sonidos, el Río de la Plata insinuado como una presencia lateral, convierten al Cosquín Rock Uruguay en un sistema en tensión constante, con zonas de acumulación y de fuga.
La edición 2026 llegó el sábado con luna creciente y se fue con luna plena, o algo parecido. Entre una cosa y la otra pasaron treinta artistas, al menos seis percances técnicos, una muerte, un freestyle que cambió la polaridad de la noche y la confirmación de algo que el mercado ya sabía pero que los festivales todavía se niegan a escribir con todas las letras en la grilla.
Los escenarios secundarios funcionan como laboratorios donde el festival respira sin la presión del foco principal. Manu Martínez, Miel, La Santa, Ilan Amores: nombres que buscan ocupar el espacio con paciencia. Hay público que llega por ellos, y otro que los encuentra como quien descubre una calle lateral sin mapa. Ahí empieza a armarse otra narrativa, menos evidente, pero no menos necesaria.
El problema de la representación femenina no es nuevo, pero sigue siendo incómodo. Siete artistas en una grilla de treinta. Cinco de ellas programadas antes de las cuatro de la tarde. Florencia Núñez, la excepción apenas disimulada, rozando un horario más visible a las 19:10 aunque no en el escenario principal. No es que no haya dónde poner más nombres, es que los nombres que se eligen dicen más sobre quién organiza que sobre quién existe. Y ahí, el festival todavía queda en deuda.
El Kuelgue abrió con Julián Kartun luciendo peluca de largo pelo negro, histriónico y calculadamente al borde del ridículo, ese lugar donde los mejores frontmen viven sin quejarse. Cuando Julieta Rada, que habia tocado dos horas antes en ese mismo escenario, se sumó para “Carta para no llorar”, algo en el aire se acomodó. Esas chispas tempranas son las que en retrospectiva arman el relato de un día entero.
El escenario 360°, ese satélite montado sobre la entrada de las canteras como recordatorio de que hay vida más allá del escenario principal, fue el territorio de Agarrate Catalina y su política de puertas abiertas. El Plan de la Mariposa, Christian Cary, Julieta Rada, Trotsky Vengarán, Fabián Furtado de ReyToro: la murga como nodo de una red que lleva décadas tejiéndose bajo la superficie de la escena uruguaya, visible para quien sabe dónde mirar. Y en medio de todo, Cebolla Cebreiro apareciendo con “El túnel de la vida”, en un momento que no parecía planificado pero que resultó inevitable. Ahí es donde el festival deja de ser programación y se convierte en escena.
La primera vez que alguien gritó “Vamo’ la Vela” ya estaba oscureciendo. Sebastián Teysera llegó al escenario principal alrededor de las seis con ese saludo que en Uruguay no necesita traducción, “Buenas tardes, gurises”, contraseña de identidad antes que presentación formal, y bromeó sobre ser el secreto a voces de la noche. Lo que siguió fue un show construido sobre voluntad pura. La voz de Teysera andaba justa: afónica, sin el filo que necesita cuando las notas suben y el aire se va antes de tiempo. Teysera es un animal escénico que convierte el esfuerzo en combustible, pero la distancia entre lo que puede ser y lo que fue anoche se medía en esos silencios entre frase y frase donde el público compensaba lo que la voz no llegaba a dar.
El rescate llegó de donde menos se esperaba, o de donde siempre se espera cuando el festival necesita encenderse. Wos apareció en “Zafar” y soltó un freestyle que cambió la temperatura del parque de manera casi fisiológica. Cuando Wos agarra un micrófono, algo en el aire cambia de polaridad.
Ysy A construyó su propio territorio con la energía de alguien que no sabe, o no quiere saber, cómo bajar el ritmo. Sin ceder ni un centímetro de intensidad, encontró el espacio para agradecer a quienes sostienen a los artistas independientes con la directness de quien no necesita retórica para decir algo verdadero: “No hay grandes sellos ni nombres de por medio, solo ustedes y yo.” La diferencia entre Ysy y otros artistas que dicen cosas parecidas es que en su boca la frase suena a informe de situación, gritado desde adentro de un torbellino.
Divididos entregó lo que siempre entrega: precisión, contundencia. Ricardo Mollo bajó del escenario y repartió púas al final con la generosidad de quien sabe que el ritual importa tanto como la música. El problema fue estructural, y lo que reveló es más interesante que cualquier crítica artística. Mientras la banda tocaba, una parte considerable del público ya había migrado al escenario contiguo para asegurarse lugar para Wos. El vaciamiento fue silencioso pero perfectamente visible para quien miraba hacia atrás en lugar de hacia adelante. No es un juicio sobre Divididos, que puede con eso y con más. Es una lectura de dónde vive la gravedad cultural en 2026. Mollo tiene cuarenta años de carrera y eso no le quita ni un gramo de peso. Pero las jerarquías ya no son las mismas, aunque algunos nombres sigan pesando.
Cuando arrancó el show de Wos quedó claro, para quien todavía conservara alguna duda, que era él quien había convocado. Todas las edades, todas las tribus, esa mezcla improbable que solo consiguen los artistas que han cruzado géneros sin traicionarse del todo, o al menos sin que la traición sea demasiado obvia.
El show fue exactamente lo que sus seguidores necesitaban y exactamente lo que sus detractores pueden objetar: preciso, energético, construido sobre una arquitectura de saltos y momentos calculados con la exactitud de quien ha ejecutado esto cientos de veces. La energía es real, nadie finge esa presencia física, pero está contenida dentro de un formato que ya no se permite demasiadas sorpresas. A diferencia de Ysy, que parece a punto de irse por las paredes en cualquier momento y convierte esa inestabilidad en fuerza, Wos es un sistema de alta presión con válvulas de escape perfectamente diseñadas.
La invitación a Ricardo Mollo para “Culpa”, esa colaboración de 2021 que en vivo adquiere otro peso y otra textura, fue el momento de mayor tensión productiva de la noche: dos maneras completamente distintas de entender qué significa pararse frente a un micrófono. Sonó bien. Sonó, sobre todo, como un gesto pensado más que improvisado.
Ciro y los Persas abrió con el peso de lo que había pasado pocas horas antes: la muerte de Dani Buira, baterista fundador de Los Piojos. “Para vos, Dani, cada vez que suene un tema de Los Piojos vas a estar con nosotros”, dijo Andrés Ciro Martínez.
Lo que siguió tuvo sus turbulencias: Ciro desafinó en algunos tramos y en un momento el micrófono perdió audio sin aviso. Tomó el de Broder sin dudar y cuando le repusieron el suyo lo aventó al piso con una rabia que no era actuada ni calculada para la tribuna. Hay algo en esos momentos de falla técnica, cuando el artista pierde el control de la situación y reacciona desde un lugar más crudo que el ensayo, que revela carácter más claramente que cualquier canción bien ejecutada. Ciro tiene carácter de sobra.
En el escenario Banco República, Nacho Algorta y la orquesta SUSI arrancaron con más de media hora de retraso y con Hugo Fattoruso en sintetizador corriendo literalmente detrás de las partituras que el viento dispersaba. Veintidós músicos, una lista de invitados que incluía a Mandrake Wolf, El Plan de la Mariposa, Ernesto Tábarez, Mariano Martínez, la trompetista Gleisis Estrada y El Reja, entre otros. Un set que fue más que la suma de sus partes, aunque las partes llegaran en desorden y el viento siguiera recordándole a todos que el Parque Rodó no respeta libretos.
Illya Kuryaki & the Valderramas cerró con presencia uruguaya, Matías Rada en guitarra y Francisco Fattoruso en bajo, y dedicó “Águila Amarilla” a Luis Alberto Spinetta. Los homenajes a Spinetta se han vuelto tan frecuentes en los festivales del Cono Sur que corren el riesgo de convertirse en liturgia sin filo. Este todavía conservaba algo. Y después se quedó sin sonido en mitad del show. Los músicos siguieron tocando como si nada mientras el silencio electrónico se extendía sobre el parque como una pregunta sin respuesta.
La última imagen de la noche pertenece al escenario Pilsen, donde Trotsky Vengarán se despedía con el público todavía arriba, los que no se dispersaron quedándose para DJ Sanata y para ver hasta dónde llegaba la madrugada.













