Free Spirits: El manual del espíritu libre

Free spirits lo nuevo de ca7riel y paco amoroso

Ca7riel & Paco Amoroso saben exactamente lo que están haciendo. El problema es que también lo sabemos nosotros.

La primera línea de Free Spirits es un mantra con Auto-Tune que declara que nadie inventa nada nuevo y todo ya está hecho. Es, simultáneamente, la afirmación más honesta del disco y su mayor problema: si la premisa es que todo es pastiche, cualquier cosa que venga después ya tiene excusa. El Bollywood de apertura, la bossa nova con lenguaje de bebé de “Goo Goo Ga Ga”, la samba brasileña de los setenta en “Muero”, el AOR de “Himno del mediocre” — todo cabe dentro de ese paraguas conceptual. El pastiche como coartada es un truco tan viejo como el pastiche mismo, y Ca7riel & Paco Amoroso lo usan con una habilidad que roza la trampa.

Que esto moleste o no depende de hasta dónde uno les crea el personaje. Y acá conviene precisar de qué personaje hablamos, porque en los últimos dos años cambió bastante. El dúo que salió del under porteño mezclando trap con rock progresivo, el que hizo el Tiny Desk con nueve músicos y sección de vientos en una sala que no sabía bien qué estaba viendo, ya no es exactamente el mismo que lanzó Free Spirits desde los Grammy, con Sting como mentor ficticio, Jack Black en los créditos y una gira por el Radio City Music Hall y el O2 de Londres. Eso no es una crítica moral — los artistas escalan, es lo que hacen. Pero Free Spirits es un disco que critica la industria, la fama y el exceso desde adentro de una campaña de marketing de ocho cifras. La ironía está en los créditos.

Lo interesante es que el disco lo sabe. “Vida loca” los muestra pidiendo un Rivotril en medio de la gira; “Muero” es una catarsis del agotamiento por el éxito; “Nada nuevo” arranca reconociendo que no tienen nada original que agregar. Es un disco sobre el precio de ser exactamente lo que son, y en ese sentido es más honesto que la mayoría. El problema no es la contradicción — la contradicción es el tema. El problema es que la contradicción está tan bien empaquetada que nunca incomoda de verdad. Todo tiene salida irónica, todo tiene el escudo del humor, todo está suficientemente calculado como para que la crítica resbale. Un disco sobre el agotamiento que no cansa. Un disco sobre el exceso que entra fácil. Eso es o un logro de forma o una falla de fondo, y Free Spirits no termina de decidirse.

Las canciones donde el concepto se sostiene son las que menos lo anuncian. “Hasta Jesús tuvo un mal día” — la colaboración con Sting que generó más burlas preventivas que cualquier otra cosa en el disco — resulta ser la pieza más desnuda del álbum: pop-rock de textura limpia, casi sin capas, donde la voz de Sting no adorna sino que ancla, y el chiste del nombre resulta secundario frente a una melodía que efectivamente funciona. “Himno del mediocre” hace algo similar: arranca como parodia de Julio Iglesias y termina siendo una canción sobre la autoaceptación que duele en serio, con los brass grabados en Minneapolis haciendo el trabajo que ningún sample haría igual. Y la colaboración con Fred Again en el cierre es exactamente lo que tiene que ser — electrónica de pista que no necesita justificarse con concepto.

Donde el disco se cae es en los momentos donde el absurdo reemplaza al contenido en lugar de potenciarlo. “Goo Goo Ga Ga” con Jack Black — la colaboración más comentada antes del lanzamiento — es también la más prescindible: la ironía de poner a un famoso en una canción infantil sobre el miedo a envejecer es entendible en el papel, pero el resultado suena a sketch de tres minutos que se agota en sí mismo. Lo mismo con “Ay ay ay” con Anderson Paak, que desaprovecha a uno de los músicos más completos de su generación en una canción que la crítica ya bautizó “Juan Luis Guarro” y que difícilmente envejezca bien. Cuando Ca7riel & Paco son calculadamente absurdos, son brillantes. Cuando son absurdos por defecto, son simplemente raros.

El balance final es el de un disco que confirma lo que ya se sabía — que son músicos de nivel inusual para lo que el mercado suele exigir en su nicho, que tienen oído para la producción y cintura para moverse entre géneros sin sonar impostados — y que agrega poco más. Baño María (2024) tenía algo que Free Spirits no tiene: la sensación de que algo estaba en juego. Acá todo está cubierto de ironía preventiva, todo tiene red de seguridad. El disco sobre el miedo a caer desde la cima fue hecho con todos los arneses puestos.

La primera línea sigue siendo la más honesta: nadie inventa nada nuevo. Ellos tampoco. La diferencia es que tienen el talento para que no importe — la mayoría de las veces.